Una vida inventada 5

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Empecé a escribir estas historias pensando que iría creando una a una, despacio, repartidas en el tiempo, pero con el confinamiento la imaginación se me ha disparado. Así que colgaré cuentos más a menudo. Aquí va otro.

Sasha Petit llevaba una doble vida. No es que tuviese una amante, o como muchos de sus amigos, fuera de los que visitaba los burdeles de París. Sasha estudió Leyes, poco a poco a base de tesón y trabajo duro se fue labrando un nombre. Pasó de vivir en el distrito V, a cruzar el Sena e instalarse con su mujer y sus hijos en la Île de la Cité, cerca del Palacio de Justicia. Los que le conocían por esa faceta le tenían por un hombre culto, al que le gustaba mucho pasear con su pointer inglés, Labri. Sabían que la caza no era lo suyo y que prefería pasear con el perro haciendo grandes ramos que luego llevaba a su mujer. Un hombre honrado, trabajador, tranquilo, con la única extravagancia conocida de volver muchas veces del campo con grandes atados de flores silvestres.

Su mujer sabía de su doble vida y a veces le echaba una mano. Esa parte un poco bohemia era lo que de verdad le atrajo de él.

Porque Sasha se había criado en el puesto de flores que tenía su madre a un costado de la Iglesia de La Madelaine. El iba después del colegio a ayudarle y a hacer los deberes en una mesa diminuta. A su madre le daba pena que pasara frío en el chiscón del puesto. Un día hablando de eso en el café, uno de los vecinos de la plaza, un viejecillo que siempre le compraba los primeros narcisos del año, le propuso un trato. El le enseñaría violín esas tardes desapacibles de invierno y ella le daría todas las semanas un ramito para adornar su casa. Así lo hicieron. Todos los viernes el pequeño Sasha iba con un bouquet a casa de su profesor de violín.

La música le atrapó desde el principio pero sabía que debía estudiar para labrarse un porvenir y ayudar a sus padres en su vejez. Era hijo único. A su mujer se lo contó enseguida, pues no quería tener líos. Bastantes veía pasar por el despacho y el juzgado.

Cada jueves por la tarde, cambiaba su traje, su chaleco y su pajarita por un traje de tweed y una gorra. Cogía el estuche del violín y cruzaba el Sena. En el Barrio Latino se encontraba con tres amigos, dos tocaban el violín como él y otro el violonchelo. Pasaban la tarde encadenando melodías. Alegrando la tarde a los habitantes de aquellas calles. Muchas veces su mujer iba de paseo con los niños para escuchar a Sasha.

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Porque nos nutrimos de muchas cosas como la literatura, las exposiciones, el cine, la música, los lugares, los olores, los sabores. Pequeños apuntes de mis “vivencias”.

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