Una vida inventada 9

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Esta historieta empieza con un mensaje de Whatsapp a mi madre pidiéndole un nombre suizo para un hombre del siglo XIX. Al ver la foto pensó en Rudolf. Me pareció un nombre que le pegaba muy bien. Le llamé, y nos pasamos dos horas al teléfono inventándonos la vida de este hombre. Ella cogió uno de los tomos de la enciclopedia Larousse que llevan en mi casa desde que yo era pequeña y empezó a buscar suizos del siglo XIX. Con gran sorpresa por nuestra parte no aparecía ni uno y en las más de quinientas páginas de un volumen sólo tres mujeres. La historia es la siguiente:

Rudolf Wintenthur era un banquero serio y respetable de la ciudad de Berna. Era también un poco, bueno seamos claros, muy misógino. Los que le conocían sabían que era porque su novia de toda la vida le dejó plantado en el altar para fugarse con el contable del banco. Nunca se recuperó de la decepción.

Como buen suizo amaba la montaña y los espacios abiertos. En cuanto tenía un poco de tiempo libre se calzaba las botas y recorría las montañas. En uno de sus paseos se encontró con el francés Auguste Rosalie Bisson, con su cámara, su laboratorio y sus placas. Se quedó observando y como un niño pequeño, empezó a hacer mil y una preguntas. Sus clientes del banco no lo hubiesen reconocido, su mirada brillaba, daba saltitos de la emoción, se aturullaba. Parecía un adolescente enamorado frente a la mujer de sus sueños.

Al francés le hizo gracia cómo perdía los papeles ese suizo tan alto, tan serio. Se hicieron amigos y empezaron a quedar para hacer colodion húmedo. Como iban los dos, se repartían el peso de las placas y los líquidos. Gracias a esta amistad Rudolf empezó a hacer muchas más excursiones a la alta montaña y a los cincuenta años decidió jubilarse para dedicarse a su nueva pasión. Le acabaron conociendo como “Rudolf el descubridor de montañas”. Siguió haciendo fotografías toda su vida. Cuando ya era muy viejo donó todas sus placas al ayuntamiento de Berna. Y ya en el siglo XX todas sus fotos pasaron a formar parte del archivo del Museo del Elysée.

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Porque nos nutrimos de muchas cosas como la literatura, las exposiciones, el cine, la música, los lugares, los olores, los sabores. Pequeños apuntes de mis “vivencias”.

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